Imagina que empiezas a crear una colección ¿cuál sería tu primera obra? ¿tu primera adquisición? Esa pregunta ronda por mi cabeza desde que me invitaron a formar parte de este proyecto en el que crear tu propia colección imaginaria. La decisión no ha sido fácil, es una de esas cuestiones que te sitúan en una encrucijada contra ti mismo, pero he encontrado la obra que daría comienzo a mi colección. 

Se trata de una fotografía realizada por Luis González Palma en 2016 dentro de la serie Jerarquías de intimidad. La obra se inscribe bajo un “Sin título” que deja toda la carga, mensaje y emoción a la imaginación del espectador. 

Fotografía de Luis González Palma, Sin título de 2016.

Recuerdo la primera vez que la vi. Era una pequeña reproducción de una edición limitada que se vendía en una galería madrileña del centro de la ciudad. No sé si fue el verde intenso o la soledad de las butacas, la sugerencia del collar o todo lo que mi mente imaginaba que podía haber pasado en esa sala vacía y fría lo que me atrajo primero. Pero sin duda me atrapó. Tuve la fortuna de poder verla por segunda vez en una reproducción de mayor tamaño en la exposición que Fundación Telefónica le dedicó hace unos años a González Palma. Allí estaba ese tondo misterioso que hablaba de la intimidad, de la incomunicación, del encierro en uno mismo, incluso de la frustración de la pérdida de la pasión en el amor. Tanto en tan poco y con tan poco. 

“Sin título” de 2016 es una obra que se enmarca en la línea de trabajo del fotógrafo guatemalteco en la que deja de lado las personas para centrarse en el retrato de espacios, objetos e instalaciones con los que busca generar una serie de metáforas: sillas en las que no se puede descansar, objetos que dan la sensación de amenaza, presencias ausentes o escenarios desolados, como este que observamos. 

Terminé comprando una de las fotografías en pequeño formato de esa edición limitada que me acercó a la que sería mi primera obra de una colección imaginada. Hay veces que pienso si no será demasiado deprimente para una casa, demasiado triste, pero entonces la miro y sigo sintiendo ese “noséqué” que me atrapa hasta las entrañas. De eso va el arte, ¿no? De sentir. 

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